Corrimos unos por otros: cuando una carrera se convierte en un acto de comunidad y prevención
Hay carreras que se corren para llegar primero.
Hay otras en las que la verdadera victoria consiste en que nadie tenga que recorrer el camino solo.
La Segunda Carrera por la Prevención del Suicidio nació desde esa convicción.
Podríamos hablar de kilómetros recorridos, de personas inscritas, de camisetas, de hidratación, de rutas, de voluntarios y de una meta. Pero reducir lo vivido a esas cosas sería dejar fuera lo más importante.
Porque aquel día no solamente corrimos.
Nos encontramos. Nos reconocimos. Escuchamos historias. Hicimos visible un dolor del que
durante demasiado tiempo aprendimos a guardar silencio.
Y comprendimos algo fundamental: detrás de cada persona que decidió estar allí existía un motivo diferente.
Detrás de cada corredor había una historia
Una persona nos contó que estaba corriendo porque su hermana se encontraba hospitalizada después de un intento de suicidio.
Alguien llegó llevando consigo la memoria de un amigo que murió por suicidio.
También estuvieron quienes podían decir, de muchas maneras: “Yo luché para quedarme”.
Y junto a ellos estaban sus amigos, sosteniendo carteles, acompañando, haciendo visible que permanecer también puede ser una historia que merece ser contada.
Conocimos madres que han tenido que aprender a vivir después de la muerte de un hijo.
Personas que actualmente atraviesan pensamientos sobre querer morir y que, aun en medio de esa lucha, decidieron levantarse esa mañana y recorrer unos kilómetros junto a nosotros.
Adultas mayores viviendo el duelo por un nieto.
Familias completas que llegaron porque comprendieron que hablar de prevención también es una manera de educar a nuestros hijos y de aprender a cuidarnos entre nosotros.
Vimos incluso perritos que se han convertido en compañía y soporte emocional en momentos difíciles.
Y vimos psicólogos, estudiantes, profesionales, amigos, familias, instituciones y voluntarios sumándose a una misma causa.
Cada historia era diferente.
Pero todas parecían encontrarse en una misma frase:
Estamos aquí.
Y quizá una de las experiencias humanas más poderosas frente al sufrimiento sea precisamente descubrir que alguien más puede decirnos:
“Te veo. Tu dolor importa. No tienes que atravesarlo solo”.
La investigación respalda la importancia de esa conexión. Una revisión sistemática y metaanálisis de 118 estudios, con más de 692,000 participantes, encontró una asociación inversa entre apoyo social y diferentes manifestaciones de la conducta suicida, incluyendo ideación, planificación, intentos y muerte por suicidio. Esto no significa que la compañía por sí sola elimine el riesgo ni sustituya la atención profesional, pero sí confirma que las relaciones y redes de apoyo constituyen una dimensión relevante de la prevención (Darvishi et al., 2024).
Para mí, esta historia comenzó mucho antes de una carrera
Mientras veía a las personas correr, inevitablemente pensé en mi propia historia.
Yo tenía 14 años cuando perdí a mi abuela.
Aunque decir “mi abuela” nunca ha sido suficiente para describir quién era ella para nosotros.
Cariñosamente le decíamos “Madre”.
Su historia quedó profundamente vinculada a otra pérdida devastadora para nuestra familia: la muerte de mi hermano menor a causa de leucemia.
Después de perderlo, Madre entró en un estado de profunda tristeza. Su salud física comenzó a deteriorarse y, aunque existió acceso a atención psiquiátrica, estábamos hablando de una época en la que conversar abiertamente sobre depresión, duelo y salud mental era muy distinto de como podemos hacerlo ahora.
No pretendo, tantos años después, establecer una explicación clínica retrospectiva ni decir que una sola condición explique su deterioro. Los procesos de duelo, depresión y enfermedad física son complejos y pueden interactuar de múltiples maneras. Hoy sabemos, además, que el duelo y los trastornos depresivos no son equivalentes y que algunas personas pueden desarrollar procesos de duelo persistentes y altamente incapacitantes que requieren atención específica.
Pero a mis 14 años yo no tenía esas palabras.
Solamente veía a alguien que amaba profundamente ponerse cada vez más triste.
Y alrededor de ella estábamos nosotros.
Mi hermano mayor, Tato.
Mi hermana menor, Pao.
Mi mamá.
Y yo.
Los cuatro mosqueteros atravesando, de distintas maneras, las olas que había dejado una serie de pérdidas profundamente dolorosas.
Y en medio de todo aquello estaba mi mamá intentando ingeniárselas para ser proveedora, mamá e hija al mismo tiempo.
Tenía que sostenernos mientras también sufría.
Tenía que tratar de comprender qué estaba pasando con su madre mientras intentaba explicarnos a nosotros qué significaba aquella tristeza.
Tenía que continuar funcionando mientras ella misma estaba atravesando un duelo.
No sé si entonces entendíamos completamente lo que sucedía.
Pero aquel escenario nunca salió de mi cabeza.
Veintiocho años después tenemos más palabras
Muchas familias continúan viviendo algo parecido.
Una madre que no sabe cómo preguntarle a su hijo si está pensando en morir.
Una hermana que nota cambios, pero teme estar exagerando.
Un amigo que recibe un mensaje a medianoche y no sabe qué responder.
Una familia que confunde depresión con falta de voluntad.
Una persona que piensa: “Quisiera dormir y no despertar”, pero no reconoce ese pensamiento como algo que merece atención.
Por eso también es importante hablar de los llamados pensamientos pasivos de muerte.
Desear desaparecer, no despertar o dejar de existir no es necesariamente equivalente a tener intención, planificación o preparación suicida. Sin embargo, tampoco debe descartarse automáticamente como algo insignificante. La investigación ha encontrado que el deseo de muerte puede aportar información clínicamente relevante en la valoración del riesgo y debe explorarse junto con otros indicadores, siempre dentro de una evaluación clínica integral y contextual (Baca-García et al., 2011).
Quizá una de las grandes diferencias entre aquella familia de hace 28 años y las familias actuales sea que hoy tenemos más recursos, más investigación y más posibilidades de ponerle nombre a lo que ocurre.
Todavía queda muchísimo por hacer.
Pero hoy podemos preguntar.
Podemos escuchar.
Podemos identificar señales.
Podemos acompañar.
Podemos acudir a profesionales.
Y podemos hablar públicamente de aquello que antes parecía condenado al silencio.
¿Puede una carrera prevenir el suicidio?
Sería irresponsable afirmar que correr unos kilómetros, por sí solo, previene un suicidio.
La prevención es mucho más compleja.
La Organización Mundial de la Salud plantea que requiere intervenciones basadas en evidencia y acciones coordinadas en distintos niveles: identificación temprana y seguimiento de personas afectadas por conductas suicidas, comunicación responsable, desarrollo de habilidades socioemocionales, restricción del acceso a medios letales y acciones multisectoriales de sensibilización, formación, vigilancia y participación comunitaria.
Pero entonces, ¿qué sentido tiene organizar una carrera?
Muchísimo.
Porque una carrera puede convertirse en un espacio comunitario de sensibilización, conexión, conversación y construcción de redes.
La propia OMS reconoce que las comunidades tienen un papel importante en prevención: pueden acompañar a personas vulnerables, apoyar a quienes han sobrevivido a un intento, brindar soporte a quienes han perdido a alguien por suicidio y contribuir a combatir el estigma.
Por eso una carrera no sustituye una intervención clínica.
La complementa desde otro lugar.
Desde la comunidad.
Darle un lugar al dolor
Hubo algo especialmente significativo en observar a personas correr llevando la memoria de alguien.
Una madre por su hijo.
Una persona por su amigo.
Una abuela por su nieto.
Una hermana por su hermana.
Una persona por sí misma.
Desde la psicología del duelo sabemos que elaborar una pérdida no significa borrar el vínculo ni olvidar a quien murió. En algunos procesos, construir significado, integrar la experiencia dentro de la propia historia y encontrar formas de continuar el vínculo simbólico pueden formar parte de la adaptación.
Y cuando hablamos específicamente del duelo por suicidio debemos reconocer además su complejidad. Las personas en duelo por suicidio presentan riesgo de dificultades relacionadas con el duelo, salud mental, funcionamiento social y conducta suicida, razón por la cual la postvención —el acompañamiento a quienes quedan después de una muerte por suicidio— es considerada también parte de la prevención (Andriessen et al., 2019).
Por eso había algo profundamente humano en aquella mañana:
le dimos un lugar a historias que muchas veces no saben dónde colocarse.
No para romantizar el sufrimiento.
No para convertir la muerte en espectáculo.
No para reducir una vida a la manera en que terminó.
Sino para reconocer:
Esta persona existió.
Esta pérdida ocurrió.
Este dolor importa.
Y quienes continúan aquí también necesitan ser acompañados.
Visibilizar sí, pero hacerlo responsablemente
Hablar del suicidio no significa hablar de cualquier manera.
La OMS advierte que la comunicación pública puede favorecer o perjudicar los esfuerzos de prevención. Recomienda evitar la descripción de métodos, el sensacionalismo, la simplificación de las causas y la romantización; al mismo tiempo, promueve historias centradas en afrontamiento, búsqueda de ayuda, esperanza y recuperación.
Esto es especialmente importante cuando contamos las historias de quienes participaron en nuestra carrera.
No necesitamos conocer cómo alguien intentó morir.
Necesitamos saber cómo podemos acompañarlo a vivir.
No necesitamos convertir una muerte en una historia espectacular.
Necesitamos preguntarnos qué podemos aprender como familia, comunidad y sociedad para cuidar mejor.
Y necesitamos escuchar también las historias de quienes atravesaron una crisis suicida y siguen aquí.
Porque hablar responsablemente de supervivencia, afrontamiento y recuperación puede tener un efecto protector, mientras determinadas formas de comunicar una muerte por suicidio pueden aumentar el riesgo.
“Yo luché para quedarme”
Quizá por eso una de las imágenes que más significado tuvo para mí fue ver a personas que habían luchado por permanecer acompañadas por amigos sosteniendo carteles.
Porque muchas veces hablamos de prevención desde estadísticas.
Ese día la vimos convertida en relaciones humanas.
Una persona diciendo:
“Luché para quedarme”.
Y otra respondiendo con su presencia:
“Y yo estoy aquí contigo”.
Eso no es una técnica psicológica.
Es comunidad.
Y la comunidad importa.
La evidencia disponible señala consistentemente la importancia de la conexión y el apoyo social, aunque estos nunca deben presentarse como garantías individuales contra el suicidio. La soledad se ha relacionado prospectivamente con ideación y conductas suicidas, mientras que las relaciones positivas, el propósito vital, la resiliencia y el apoyo social aparecen asociados con mejores resultados en diferentes poblaciones.
Los cuatro mosqueteros
Tal vez por eso esta carrera tiene para mí un significado que va mucho más allá de mi profesión.
En algún lugar de mi historia continúan estando aquellos cuatro mosqueteros:
Tato, Pao, mi mamá y yo.
Cuatro personas intentando atravesar olas demasiado grandes sin tener todavía todas las palabras que hoy conocemos.
Y está Madre.
Y está mi hermano.
Y están las pérdidas que nos transformaron.
Quizá una parte de lo que hago hoy nació también de aquella adolescente de 14 años que observaba la tristeza de alguien a quien amaba y quería comprender qué estaba ocurriendo.
Veintiocho años después puedo ponerle palabras a muchas cosas que entonces solamente podía sentir.
Y quizá por eso organizar una carrera para hablar públicamente de salud mental y prevención también tiene, para mí, algo de reparación simbólica.
No puedo regresar a aquella casa y entregarles a esos cuatro mosqueteros todo lo que sé ahora.
Pero puedo ayudar a construir una sociedad donde otras familias tengan más herramientas de las que nosotros tuvimos.
Puedo hablar.
Puedo enseñar.
Puedo preguntar.
Puedo acompañar.
Y podemos hacer comunidad.
Corrimos unos por otros
El suicidio no pertenece exclusivamente al consultorio psicológico.
Es un asunto de salud pública y su prevención requiere participación de múltiples sectores.
La OMS señala expresamente la necesidad de coordinación entre salud, educación, trabajo, justicia, empresas, gobiernos, medios de comunicación y otros actores sociales.
Por eso necesitamos psicólogos y psiquiatras.
Pero también necesitamos maestros que sepan reconocer señales.
Familias capaces de preguntar sin juzgar.
Amigos dispuestos a quedarse y ayudar a conectar con atención profesional.
Instituciones con protocolos.
Comunidades menos estigmatizantes.
Medios de comunicación responsables.
Políticas públicas.
Espacios de postvención para quienes han perdido a alguien.
Y sociedades capaces de comprender que el sufrimiento psicológico no debería vivirse clandestinamente.
Eso fue, finalmente, nuestra carrera.
No una promesa ingenua de que unos kilómetros pueden solucionar un problema tan complejo.
Fue algo diferente.
Un acto público de reconocimiento.
Una forma de decir que sabemos que este dolor existe.
Que sabemos que hay personas luchando silenciosamente.
Que reconocemos a las familias que acompañan.
Que recordamos a quienes murieron.
Que abrazamos simbólicamente a quienes están atravesando un duelo.
Que reconocemos a quienes alguna vez pensaron en morir y hoy pueden decir: “Aquí estoy”.
Y que queremos construir comunidades donde pedir ayuda sea cada vez menos difícil.
Aquel día algunos corrieron por su hermana.
Otros por un amigo.
Algunas madres corrieron por sus hijos.
Algunas abuelas por sus nietos.
Algunos corrieron por alguien que ya no podía hacerlo.
Otros corrieron acompañando a quien todavía estaba luchando.
Y algunos, quizá, corrieron por sí mismos.
Pero en algún momento dejamos de ser historias separadas.
Corrimos unos por otros.
Porque prevenir el suicidio también implica construir una sociedad capaz de mirar el dolor sin apartar la mirada.
Una sociedad capaz de preguntar.
De escuchar.
De acompañar.
De conectar con ayuda.
De recordar responsablemente.
Y, sobre todo, de recordarnos algo profundamente sencillo:
No estoy solo.
No estás solo.
Entendemos que esto ocurre.
Y podemos aprender a atravesar las olas juntos.
Tal vez esa sea la verdadera meta de una carrera como esta.
No llegar antes que los demás.
Sino trabajar para construir una comunidad en la que, cuando alguien sienta que ya no puede continuar, encuentre alrededor suficientes voces, manos, recursos y caminos para escuchar:
“No tienes que recorrer esto solo. Estamos aquí”.
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Referencias
Andriessen, K., Krysinska, K., Hill, N. T. M., Reifels, L., Robinson, J., Reavley, N., & Pirkis, J. (2019). Effectiveness of interventions for people bereaved through suicide: A systematic review of controlled studies of grief, psychosocial and suicide-related outcomes. BMC Psychiatry, 19, 49.
Baca-García, E., Perez-Rodriguez, M. M., Oquendo, M. A., Keyes, K. M., Hasin, D. S., Grant, B. F., & Blanco, C. (2011). Estimating risk for suicide attempt: Are we asking the right questions? Passive suicidal ideation as a marker for suicidal behavior. Journal of Affective Disorders, 134(1–3), 327–332.
Darvishi, N., Farhadi, M., & Poorolajal, J. (2024). The role of social support in preventing suicidal ideations and behaviors: A systematic review and meta-analysis. Journal of Research in Health Sciences, 24(2), e00609.
Gore, K. L., Chen, C., Fu, N., Larkin, J., Motala, A., & Hempel, S. (2023). Interventions for people who have attempted suicide and their family members: A systematic review. RAND Health Quarterly, 10(4), 5.
Killikelly, C., Smith, K. V., Zhou, N., Prigerson, H. G., O'Connor, M.-F., Kokou-Kpolou, C. K., Boelen, P. A., & Maercker, A. (2025). Prolonged grief disorder. The Lancet.
World Health Organization. (2019). Preventing suicide: A community engagement toolkit. WHO.
World Health Organization. (2021). LIVE LIFE: An implementation guide for suicide prevention in countries. WHO.
World Health Organization. (2023). Preventing suicide: A resource for media professionals, update 2023. WHO.
World Health Organization. (2026). Suicide: Fact sheet. WHO.

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