Cuando encajar dolía: diagnosticar autismo en la adultez como acto clínico y ético. Una reflexión desde la práctica terapéutica
- Raquel Suazo
- hace 4 días
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P. llegó a consulta con una historia que, como muchas, había sido leída durante años desde la exigencia y no desde la comprensión.
Le costaba sentirse parte de algo. Le costaba encajar.
Había pasado por al menos tres procesos terapéuticos previos. En ellos, el mensaje —explícito o implícito— era recurrente: “tenés que poner de tu parte”. El diagnóstico más cercano que recibió fue un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), pero incluso ese encuadre no lograba explicar del todo su experiencia.
En casa, los discursos también se tejían desde la comparación: “mirá a las otras niñas”, “tenés que ser más femenina”, “demostrá más afecto”, “eso debería salirte natural”.
Pero no salía natural.
Había algo que no encajaba —y durante mucho tiempo, la conclusión fue que el problema era ella.
Ya en la adultez, P. describía una sensación persistente de extrañeza frente a lo social: no comprender ciertas reglas implícitas, sentirse agotada después de interactuar con otros, tener que “actuar” que todo estaba bien en espacios laborales, sostener conversaciones como si fueran guiones aprendidos.
No era desinterés.
No era falta de esfuerzo .
Era otra forma de procesar el mundo.
El momento en que comenzamos a explorar la posibilidad de un diagnóstico dentro del espectro autista no fue un momento de revelación inmediata, sino de apertura. Y, eventualmente, de comprensión.
Porque lo que emergió no fue una “etiqueta nueva”.
Fue una narrativa distinta.
Diagnosticar en la adultez: reconstruir la historia, no solo clasificar síntomas
El Trastorno del Espectro Autista (TEA), según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5-TR), se caracteriza por dificultades persistentes en la comunicación e interacción social, así como por patrones restringidos y repetitivos de comportamiento (American Psychiatric Association, 2022).
Sin embargo, en la adultez —y especialmente en mujeres— el diagnóstico suele ser tardío o incluso omitido. Diversos estudios han documentado que muchas personas desarrollan estrategias de camuflaje social, es decir, esfuerzos conscientes o inconscientes por adaptarse a las normas sociales, ocultando sus dificultades (Hull et al., 2017).
Este proceso, aunque funcional en apariencia, tiene un costo significativo: agotamiento emocional, ansiedad y una sensación persistente de inautenticidad. En mujeres, esta invisibilización diagnóstica ha sido particularmente relevante, generando trayectorias clínicas atravesadas por malinterpretaciones y exigencias normativas (González & Valdez, 2018).
P. no “no sabía relacionarse”.
P. había aprendido a relacionarse desde el esfuerzo constante.
El trabajo clínico, entonces, no consistió únicamente en identificar criterios diagnósticos, sino en reconstruir su historia desde una nueva lente: entender sus patrones sensoriales, su forma de procesar lo social, sus estrategias de adaptación y sus momentos de sobrecarga (García-Villamisar y Dattilo, 2010).
El diagnóstico, en este sentido, no fue un punto final.
Fue un reordenamiento del relato.
“No era que yo fallaba”: el impacto del diagnóstico
Uno de los momentos más significativos en el proceso de P. fue cuando pudo decir:
“Entonces no es que yo tenía algo malo… es que estaba intentando adaptarme todo el tiempo.”
Esta frase condensa uno de los efectos más documentados del diagnóstico en la adultez: la resignificación de la identidad (Lewis, 2016).
El diagnóstico puede traer alivio, pero también duelo.
Alivio, porque organiza la experiencia.Duelo, porque confronta con años de incomprensión, exigencia y, en muchos casos, autocrítica.
En P., emergieron preguntas complejas:
¿Qué habría pasado si alguien lo hubiera visto antes?
¿Cuánto de lo que soy es mío y cuánto fue adaptación?
¿Cómo empiezo a dejar de “actuar”?
El trabajo terapéutico se desplazó entonces hacia la integración: no solo comprender el diagnóstico, sino habitarlo de manera menos punitiva.
El riesgo de haber sido leída como “falla”
Antes del diagnóstico, la narrativa dominante en la vida de P. era la del déficit personal:
no suficiente empatía,
no suficiente expresión emocional,
no suficiente adecuación social.
Este tipo de lecturas, frecuentes en trayectorias sin diagnóstico oportuno, pueden generar lo que en psicología clínica entendemos como esquemas de insuficiencia o defectuosidad.
Desde la perspectiva de la neurodiversidad, el autismo no es únicamente una condición clínica, sino una variación en el funcionamiento neurológico que implica formas distintas —no inferiores— de percibir, procesar y vincularse (Singer, 2017; Kapp, 2020).
Esto no romantiza las dificultades reales, pero sí cuestiona una mirada exclusivamente patologizante.
En el caso de P., el cambio fue profundo:
De “no soy suficiente”
a
“mi forma de estar en el mundo es distinta”.
La responsabilidad del terapeuta: cómo nombrar sin reducir
Diagnosticar autismo en la adultez implica una responsabilidad clínica y ética significativa.
No se trata solo de acertar en la categoría diagnóstica, sino de cómo se introduce ese diagnóstico en la vida del paciente.
Desde la bioética, esto implica tres principios fundamentales:
Beneficencia: que el diagnóstico contribuya al bienestar del paciente.
No maleficencia: evitar que el diagnóstico sea vivido como estigmatizante o limitante.
Autonomía: permitir que la persona integre el diagnóstico desde su propia narrativa (Beauchamp y Childress, 2019).
Además, desde una mirada contextual latinoamericana, comprender el sufrimiento implica situarlo en su historia, sus vínculos y su contexto social, no solo en categorías clínicas (Martín-Baró, 1990).
En la práctica, esto se traduce en preguntas fundamentales:
¿Estoy nombrando para comprender o para clasificar?
¿Estoy acompañando el impacto emocional del diagnóstico?
¿Estoy viendo a la persona más allá del diagnóstico?
Con P., el proceso no terminó al decir “esto puede ser autismo”.
Ahí comenzó otro trabajo:
el de desmontar años de autoexigencia,
el de legitimar su experiencia,
el de construir formas de vida más sostenibles.
Una reflexión final: el diagnóstico como acto reparador
En muchos casos, el diagnóstico en la adultez no es el inicio de una condición,es el inicio de una comprensión.
Para P., no significó convertirse en alguien diferente.Significó dejar de luchar contra algo que siempre había estado ahí sin nombre.
Y eso, en sí mismo, tiene un efecto profundamente terapéutico.
Diagnosticar, entonces, no es solo identificar. Es reconocer.
Reconocer historias que no fueron leídas a tiempo.
Reconocer formas de sufrimiento que fueron mal interpretadas.
Reconocer que, muchas veces, lo que parecía una falla…
era una forma distinta de estar en el mundo.
Referencias
American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5-TR) (5ª ed., texto revisado). Editorial Médica Panamericana.
Beauchamp, T. L., & Childress, J. F. (2019). Principios de ética biomédica (8ª ed.). Oxford University Press.
García-Villamisar, D., & Dattilo, J. (2010). Trastornos del espectro autista en adultos: evaluación e intervención. Pirámide.
González, A., & Valdez, D. (2018). Mujeres con autismo: invisibilidad diagnóstica y desafíos clínicos. Revista Latinoamericana de Psicología.
Hull, L., Petrides, K. V., Allison, C., Smith, P., Baron-Cohen, S., Lai, M. C., & Mandy, W. (2017). Social camouflaging in adults with autism spectrum conditions. Journal of Autism and Developmental Disorders, 47(8), 2519–2534.
Kapp, S. K. (Ed.). (2020). Autismo y neurodiversidad: perspectivas desde la comunidad autista. Palgrave Macmillan.
Lewis, L. F. (2016). Exploring the experience of self-diagnosis of autism spectrum disorder in adults. Archives of Psychiatric Nursing, 30(5), 575–580.
Martín-Baró, I. (1990). Psicología social de la guerra: trauma y terapia. UCA Editores.
Singer, J. (2017). Neurodiversidad: el nacimiento de una idea.

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