Cada generación tiene una forma de sufrir, pero todas necesitan ser escuchadas
Una reflexión sobre la salud mental entre generaciones, desde las estadísticas internacionales, la realidad salvadoreña y las solicitudes de atención psicológica registradas en el Centro de Psicología Althea.
Hay una frase que escuchamos con frecuencia cuando conversamos sobre salud mental: "Las generaciones de ahora ya no aguantan nada".
A veces aparece cuando un adolescente expresa ansiedad, cuando una persona joven reconoce que necesita psicoterapia o cuando alguien decide poner límites a una relación que le produce sufrimiento.
En el otro extremo encontramos afirmaciones como «antes nadie necesitaba psicólogo», «nuestros abuelos eran emocionalmente más fuertes» o «las nuevas generaciones se ofenden por todo».
Estas expresiones parecen describir diferencias entre generaciones, pero también revelan algo sobre nuestra manera de comprender el sufrimiento humano.
Hemos aprendido a comparar generaciones antes que a escuchar sus historias.
Y quizá esa sea una de las primeras cosas que necesitamos cambiar.
Porque cada generación ha tenido que aprender a vivir dentro de las condiciones históricas, económicas, familiares y culturales que le correspondieron. Algunas crecieron en entornos donde expresar emociones era considerado una debilidad. Otras han encontrado un lenguaje más amplio para hablar de ansiedad, depresión, autoestima, trauma y límites personales.
Pero ninguna generación posee el monopolio del sufrimiento.
Y ninguna está exenta de necesitar ayuda.
Tal vez no estamos frente a generaciones que sufren de maneras completamente diferentes, sino frente a generaciones que aprendieron distintas formas de expresar, esconder, resistir o pedir ayuda frente al dolor.
La salud mental no tiene una generación exclusiva
La Organización Mundial de la Salud estima que, en 2023, aproximadamente 1,200 millones de personas vivían con algún trastorno mental en el mundo, alrededor de una de cada siete personas.
Entre los problemas más frecuentes se encuentran los trastornos de ansiedad y los depresivos.
Estas cifras nos recuerdan que la salud mental no constituye una preocupación exclusiva de adolescentes o adultos jóvenes. Atraviesa la infancia, la adultez y la vejez, aunque sus manifestaciones y necesidades de atención cambien a lo largo del ciclo vital.
La OMS también estima que aproximadamente uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con una condición de salud mental. En las personas de 70 años o más, las estimaciones mundiales de 2023 sitúan la presencia de trastornos mentales alrededor del 14,75 %.
Estos indicadores proceden de poblaciones y metodologías diferentes; no deben interpretarse como una clasificación de qué grupo etario sufre más.
Lo que sí permiten reconocer es que el bienestar psicológico necesita atención durante toda la vida.
Otra referencia interesante es el informe internacional Mental State of the World 2024, de Sapien Labs, que identificó menores niveles de bienestar mental entre adultos jóvenes en comparación con grupos de mayor edad dentro de la población estudiada.
El hallazgo resulta relevante, aunque debemos distinguir entre bienestar mental, síntomas psicológicos y diagnósticos clínicos. Tampoco podemos concluir que las diferencias observadas sean causadas exclusivamente por pertenecer a una generación.
La edad, la etapa del desarrollo y el momento histórico influyen en nuestra experiencia emocional, pero no determinan por completo nuestra salud mental.
El Salvador: una realidad que atraviesa todas las edades
En nuestro país, la Encuesta Nacional de Salud Mental 2022, desarrollada por el Ministerio de Salud y el Instituto Nacional de Salud, representa una referencia fundamental para comprender las necesidades psicológicas de la población.
Entre sus resultados se han reportado indicadores relevantes en diferentes etapas del desarrollo.
Grupo de edad | Indicador reportado |
Niñez, 3–12 años | 19,2 % presentó indicadores de probable estrés postraumático o angustia moderada. |
Adolescencia, 13–17 años | 54,8 % presentó síntomas elevados en una medida global de ansiedad. |
Adultez, 18–59 años | Aproximadamente 20 % presentó algún grado de síntomas de ansiedad y 22 % algún grado de síntomas depresivos. |
Adultez mayor, 60 años o más | Alrededor de 17–18 % presentó algún grado de síntomas de ansiedad. |
Referencia: Encuesta Nacional de Salud Mental 2022. Los indicadores utilizan instrumentos y criterios distintos según la edad; no equivalen necesariamente a diagnósticos ni son porcentajes directamente comparables.
Estos datos deberían invitarnos a una reflexión profunda.
La salud mental de la niñez no puede esperar a que los problemas se conviertan en dificultades graves de conducta o aprendizaje.
La salud mental de los adolescentes no puede reducirse a interpretar sus emociones como rebeldía, inmadurez o falta de disciplina.
La salud mental de los adultos no debería quedar subordinada a sus responsabilidades laborales, familiares o económicas.
Y la salud mental de las personas mayores no puede desaparecer de nuestras prioridades simplemente porque hemos normalizado que envejecer significa vivir con tristeza, soledad o pérdidas.
Cada etapa de la vida presenta necesidades diferentes, pero todas merecen el mismo reconocimiento y dignidad.
Lo que nos están diciendo las solicitudes de psicoterapia en Althea
Desde el Centro de Psicología Althea hemos tenido la oportunidad de observar una parte de esta realidad mediante las solicitudes de atención psicológica recibidas.
En la revisión de nuestra base correspondiente al período comprendido entre agosto de 2024 y el 7 de octubre de 2026, identificamos 941 solicitudes con fechas válidas.
De ellas, fue posible recuperar una edad numérica válida en 796 registros, equivalentes al

Grupo de edad | Solicitudes | Porcentaje |
0–12 años | 59 | 7,4 % |
13–17 años | 41 | 5,2 % |
18–29 años | 423 | 53,1 % |
30–44 años | 227 | 28,5 % |
45–59 años | 31 | 3,9 % |
60 años o más | 15 | 1,9 % |
Total | 796 | 100 % |
Los datos muestran que 650 solicitudes, equivalentes al 81,7 % de los registros con edad identificada, corresponden a personas entre los 18 y los 44 años.
Este hallazgo merece especial atención.
La mayor concentración de solicitudes aparece durante una etapa de la vida caracterizada por decisiones académicas, inserción laboral, construcción de relaciones afectivas, independencia económica, crianza y desarrollo de proyectos personales.
Sin embargo, debemos evitar una conclusión apresurada.
Estos datos no demuestran que las personas jóvenes tengan necesariamente más problemas de salud mental que las mayores. También pueden reflejar diferencias en disposición para solicitar ayuda, conocimiento de los servicios, canales de comunicación y accesibilidad económica.
Lo que sí podemos afirmar es que, dentro de la demanda registrada por Althea, las personas jóvenes y adultas jóvenes representan el grupo predominante.
Y esto abre una pregunta importante:
¿Estamos frente a generaciones emocionalmente más vulnerables o frente a generaciones que han comenzado a reconocer que no necesitan soportarlo todo en silencio?
Generación Z: crecer en un mundo que nunca deja de hablar
La generación Z ha crecido en un entorno profundamente digitalizado.
Para muchas personas jóvenes, las redes sociales forman parte de su manera de relacionarse, aprender, construir identidad y buscar pertenencia.
La exposición constante a información, comparaciones sociales, estándares de belleza, expectativas de éxito y opiniones ajenas puede influir en su bienestar emocional.
Pero sería injusto y científicamente simplista atribuir todas sus dificultades a la tecnología.
Los jóvenes también enfrentan incertidumbre económica, experiencias de violencia, conflictos familiares, dificultades escolares, preocupaciones sobre su futuro y necesidades afectivas que no siempre encuentran espacios adecuados para expresarse.
En los registros de Althea identificamos 423 solicitudes de personas entre los 18 y los 29 años, el 53,1 % de los registros con edad disponible.
Aunque este grupo no coincide exactamente con los límites de nacimiento de la generación Z, nos permite observar una fuerte presencia de adultos jóvenes entre quienes solicitan atención.
En el conjunto de motivos de consulta de Althea aparecen dificultades de autoestima, inseguridad, ansiedad, pensamientos recurrentes, conflictos afectivos, dependencia emocional y problemas de regulación emocional.
Todavía no hemos calculado qué proporción de cada motivo corresponde específicamente a este grupo etario. Por eso, estos hallazgos deben comprenderse como necesidades identificadas en la práctica clínica general y no como un perfil estadístico exclusivo de la generación Z.
Aun así, nos permiten reflexionar.
Quizá una parte de esta generación está comenzando a cuestionar aquello que durante años se consideró normal: permanecer en relaciones dañinas, callar emociones, aceptar maltrato o interpretar el sufrimiento psicológico como falta de carácter.
Y eso puede representar un cambio cultural importante.
Pedir ayuda no significa necesariamente tener menos recursos emocionales.
En ocasiones, significa haber aprendido a reconocer cuándo los recursos propios necesitan acompañamiento.
Millennials: la generación que intenta sostenerlo todo
Los millennials, nacidos aproximadamente entre 1981 y 1996, atraviesan en muchos casos una etapa de responsabilidades simultáneas.
Trabajo, familia, pareja, crianza, independencia económica, cuidado de padres mayores y construcción de estabilidad personal.
Para algunas personas, la adultez se ha convertido en una sucesión de obligaciones que pocas veces deja espacio para preguntarse cómo se sienten.
En Althea encontramos 227 solicitudes de personas entre los 30 y los 44 años, equivalentes al 28,5 % de los registros con edad identificada.
Aunque este grupo tampoco coincide exactamente con los límites generacionales, permite aproximarnos a una etapa de la adultez especialmente relevante.
Entre los motivos registrados en la base general encontramos estrés laboral, dificultades de pareja, problemas familiares, ansiedad, tristeza, baja autoestima, dependencia emocional y necesidad de aprender a establecer límites.
Son problemáticas que pueden presentarse a cualquier edad, pero que adquieren significados particulares cuando una persona debe sostener múltiples responsabilidades.
Existe una narrativa social que merece ser cuestionada: la idea de que ser adulto significa poder con todo.
Se espera que una persona trabaje, cuide, produzca, resuelva conflictos, acompañe a otros y mantenga estabilidad emocional, incluso cuando sus propios recursos están agotados.
En ocasiones, la psicoterapia se convierte en uno de los pocos espacios donde puede reconocer que está cansada sin sentir que está fallando.
Y aquí aparece una reflexión necesaria:
¿Qué sucede cuando una generación aprende a responsabilizarse de todo, pero no encuentra lugares donde también pueda ser cuidada?
Tal vez necesitamos dejar de medir la madurez exclusivamente por la capacidad de resistir.
La adultez también debería incluir el derecho a detenerse, reorganizar prioridades, pedir apoyo y reconocer límites.
Generación X: quienes aprendieron a resolver antes que a expresar
La generación X, integrada aproximadamente por personas nacidas entre 1965 y 1980, creció en contextos familiares y sociales distintos de los actuales.
En muchas familias salvadoreñas, expresar dificultades emocionales no formaba parte de las conversaciones cotidianas.
Se valoraban la responsabilidad, el trabajo, la resistencia y la capacidad de continuar a pesar de las adversidades.
Esto no significa que todas las personas de esa generación hayan vivido de la misma manera, pero sí nos permite reconocer ciertos aprendizajes culturales.
En la base de Althea identificamos 31 solicitudes correspondientes a personas entre los 45 y los 59 años, equivalentes al 3,9 % de los registros con edad identificada.
Su presencia es considerablemente menor que la de los adultos jóvenes.
Sin embargo, no podemos interpretar este resultado como evidencia de que experimentan menos sufrimiento psicológico.
Podrían existir barreras culturales, económicas o institucionales que dificulten su acceso a psicoterapia.
También es posible que algunas personas hayan aprendido a interpretar el agotamiento, la tristeza o la ansiedad como situaciones que simplemente deben soportar.
En esta etapa pueden coexistir responsabilidades laborales, cuidado de padres mayores, cambios familiares, dificultades de pareja, problemas de salud y reflexiones sobre el sentido de la propia vida.
Para algunas personas, acudir a psicoterapia implica cuestionar aprendizajes profundamente arraigados.
Reconocer que necesitan ayuda puede resultar difícil cuando durante décadas se les enseñó que debían ser fuertes para todos.
Pero la fortaleza no debería confundirse con la obligación de permanecer en silencio.
También hay valentía en reconocer que aquello que nos ayudó a sobrevivir durante muchos años quizá ya no es suficiente para vivir de una manera saludable.
Baby boomers y generaciones anteriores: el sufrimiento que pocas veces encuentra palabras
La salud mental de las personas mayores continúa siendo uno de los desafíos que necesitamos visibilizar con mayor fuerza.
La OMS reconoce que la soledad, el aislamiento social, los duelos, las enfermedades y la pérdida de autonomía pueden afectar el bienestar psicológico durante la vejez.
Pero también debemos evitar considerar estas experiencias como consecuencias inevitables del envejecimiento.
En los registros de Althea identificamos solamente 15 solicitudes correspondientes a personas de 60 años o más, equivalentes al 1,9 % de los registros con edad disponible.
Este porcentaje plantea una pregunta importante:
¿Las personas mayores necesitan menos psicoterapia o estamos construyendo servicios a los que les resulta más difícil llegar?
Tal vez algunas no reconocen sus dificultades como problemas de salud mental.
Otras podrían enfrentar limitaciones económicas, dificultades de movilidad, dependencia familiar o desconocimiento sobre los beneficios de la atención psicológica.
También debemos considerar que muchas estrategias de comunicación de los servicios privados utilizan plataformas digitales que no necesariamente alcanzan por igual a todos los grupos de edad.
No podemos asumir que una persona mayor no necesita acompañamiento simplemente porque no solicita una cita.
La ausencia de demanda registrada no equivale a ausencia de necesidad.
Además, la vejez no debería comprenderse únicamente desde las pérdidas.
También puede ser una etapa de reconstrucción de proyectos, participación comunitaria, aprendizaje, creatividad y fortalecimiento de vínculos.
Las personas mayores merecen espacios donde puedan elaborar su historia, afrontar cambios y encontrar nuevas fuentes de significado.
Nunca debería ser demasiado tarde para recibir acompañamiento psicológico.
La infancia y adolescencia: generaciones que necesitan adultos capaces de escuchar
Aunque solemos concentrar las conversaciones generacionales en adultos jóvenes y personas mayores, la infancia y adolescencia requieren una atención especial.
En Althea identificamos 59 solicitudes de niñas y niños de hasta 12 años y 41 solicitudes de adolescentes entre los 13 y los 17 años.
En conjunto, representan 100 solicitudes, equivalentes al 12,6 % de los registros con edad identificada.
Estos datos deben interpretarse considerando una característica fundamental: durante la infancia, el acceso a atención psicológica depende en gran medida de las decisiones de las personas adultas responsables.
Un niño puede experimentar ansiedad, dificultades emocionales, problemas de adaptación o experiencias adversas sin contar todavía con los recursos necesarios para reconocer lo que ocurre y solicitar ayuda.
Por ello, la familia y la escuela desempeñan un papel esencial.
En la base general de Althea encontramos solicitudes relacionadas con dificultades escolares, problemas de conducta, preocupaciones sobre el desarrollo, ansiedad infantil y necesidades de orientación familiar.
Estos motivos nos recuerdan que la atención psicológica infantil no puede centrarse exclusivamente en modificar conductas.
También necesitamos comprender el contexto familiar, educativo y social en el que esas conductas aparecen.
Una niña o un niño que presenta dificultades emocionales necesita algo más que instrucciones para comportarse mejor.
Necesita adultos capaces de observar, escuchar, comprender y acompañar.
El acceso a la psicoterapia infantil no depende únicamente de que exista una necesidad. También depende de que alguien pueda reconocerla y facilitar la atención.
Lo que las generaciones comparten más allá de sus diferencias
Cuando revisamos los motivos de consulta de Althea, encontramos problemáticas diversas: ansiedad, depresión, inseguridad, dificultades de autoestima, conflictos familiares, experiencias traumáticas, duelos, problemas de pareja, estrés y dificultades para regular emociones.
Aunque todavía necesitamos clasificar estadísticamente estos motivos por edad, su presencia en la base permite reconocer algo importante.
Detrás de los problemas psicológicos encontramos necesidades humanas que atraviesan generaciones.
La necesidad de sentirse seguro.
De pertenecer.
De establecer vínculos significativos.
De sentirse comprendido.
De encontrar sentido.
De afrontar las pérdidas.
De tener recursos para enfrentar la incertidumbre.
De saber que no es necesario resolverlo todo en soledad.
Quizá las palabras cambian entre generaciones, pero muchas de estas necesidades permanecen.
Una persona mayor puede describir su tristeza diciendo que se siente cansada de la vida.
Un adulto puede expresar que está agotado y que ya no puede con tantas responsabilidades.
Un joven puede hablar de ansiedad, sobrepensamiento o desregulación emocional.
Las expresiones son diferentes, pero todas merecen ser exploradas con sensibilidad clínica, sin asumir que describen necesariamente la misma experiencia o el mismo diagnóstico.
La psicoterapia no debería intentar que todas las generaciones hablen el mismo lenguaje.
Debería ofrecer un espacio donde cada persona pueda construir una comprensión de su propia experiencia.
El riesgo de convertir las generaciones en etiquetas clínicas
En los últimos años hemos comenzado a utilizar términos generacionales para explicar comportamientos, actitudes y dificultades emocionales.
Se habla de jóvenes frágiles, adultos sobrecargados y personas mayores emocionalmente rígidas.
Pero estas etiquetas pueden convertirse en una nueva forma de prejuicio.
La salud mental no depende únicamente del año de nacimiento.
Está relacionada con experiencias personales, condiciones socioeconómicas, vínculos familiares, oportunidades educativas, acontecimientos traumáticos, acceso a servicios y redes de apoyo.
Además, existe una diferencia importante entre los efectos de la edad, los efectos del período histórico y los efectos generacionales.
Una persona de 22 años puede experimentar incertidumbre laboral porque está comenzando su vida profesional, no necesariamente porque pertenece a la generación Z.
Una persona de 65 años puede enfrentar dificultades relacionadas con el envejecimiento, independientemente de la generación a la que pertenece.
Y acontecimientos históricos, como una crisis económica o una pandemia, pueden afectar simultáneamente a varias generaciones de maneras distintas.
Por ello, necesitamos investigaciones longitudinales y comparaciones rigurosas antes de afirmar que una generación es psicológicamente más vulnerable que otra.
Las generaciones pueden ayudarnos a comprender contextos históricos, pero nunca deberían sustituir la evaluación de la historia individual.
¿Qué nos están diciendo estos datos sobre el futuro de la salud mental en El Salvador?
La combinación de estadísticas internacionales, resultados nacionales y registros institucionales de Althea permite identificar una necesidad compartida: desarrollar servicios de salud mental que respondan a las diferentes etapas de la vida.
En la infancia necesitamos fortalecer la prevención, el acompañamiento familiar, la formación docente y la detección temprana.
En la adolescencia necesitamos espacios seguros, programas de regulación emocional, prevención de violencia, atención psicológica accesible y protocolos adecuados de intervención en crisis.
En la adultez joven necesitamos servicios que acompañen la construcción de identidad, las relaciones afectivas, la transición laboral y las dificultades económicas.
Durante la adultez media necesitamos fortalecer el cuidado de quienes trabajan, crían, sostienen familias y acompañan a personas dependientes.
Y en la adultez mayor necesitamos programas que prevengan el aislamiento, acompañen los duelos y promuevan la autonomía, la participación y el bienestar psicológico.
También necesitamos fortalecer las políticas públicas de prevención del suicidio y la continuidad de atención después de una crisis.
Esto incluye el seguimiento clínico de personas que han presentado conducta suicida y el acompañamiento a familias y comunidades afectadas por una muerte por suicidio.
No podemos pensar la salud mental exclusivamente desde el momento en que aparece un síntoma.
Necesitamos construir una cultura de cuidado que comience antes de la crisis y continúe después de ella.
La información de Althea también nos recuerda que debemos investigar a quienes no llegan a consulta.
Si los adultos jóvenes representan la mayor parte de nuestra demanda registrada, necesitamos comprender si estamos respondiendo adecuadamente a otros grupos de edad.
¿Estamos ofreciendo servicios adaptados para personas mayores?
¿Estamos fortaleciendo las rutas de acceso para niñas, niños y adolescentes?
¿Estamos considerando las barreras económicas que enfrentan las familias?
¿Estamos construyendo espacios laborales y comunitarios donde la salud mental pueda abordarse sin estigma?
Estas preguntas deberían formar parte de la planificación de los servicios psicológicos y de las políticas públicas.
Quizá no somos generaciones tan diferentes
Tal vez nuestros abuelos no tuvieron las mismas palabras para hablar de ansiedad.
Tal vez nuestros padres aprendieron a llamar responsabilidad a lo que algunas veces también era agotamiento.
Tal vez muchos millennials comenzaron a cuestionar formas de sacrificio que durante años parecieron inevitables.
Y quizá los jóvenes de hoy están encontrando un lenguaje para expresar experiencias emocionales que antes permanecían ocultas.
Estas son posibilidades culturales, no características universales de cada generación.
Pero nos permiten reconocer algo.
Puede que el lenguaje haya cambiado.
Puede que las formas de pedir ayuda sean diferentes.
Puede que las condiciones sociales hayan transformado nuestra manera de experimentar el sufrimiento.
Sin embargo, seguimos necesitando vínculos, seguridad, reconocimiento, sentido y acompañamiento.
Los datos de Althea muestran que las personas jóvenes y adultas jóvenes constituyen la mayor parte de quienes solicitan atención psicológica en nuestro centro.
Las estadísticas nacionales e internacionales nos recuerdan que las necesidades de salud mental también están presentes durante la infancia, la adolescencia, la adultez media y la vejez.
Ambas realidades deben formar parte de nuestra reflexión.
Porque no debemos confundir a quienes están llegando a consulta con todas las personas que necesitan atención.
Quizá uno de los mayores desafíos de la psicología salvadoreña sea construir puentes entre generaciones.
Que los jóvenes puedan comprender que sus padres también experimentaron miedo, aunque no siempre supieran expresarlo.
Que los adultos reconozcan que las dificultades emocionales de sus hijos no representan necesariamente falta de carácter.
Que las personas mayores encuentren espacios donde sus historias sean escuchadas y sus necesidades psicológicas reconocidas.
Y que todas las generaciones puedan aprender unas de otras sin convertir el sufrimiento en una competencia.
No necesitamos decidir cuál generación ha sido más fuerte.
Tampoco cuál ha sufrido más.
Necesitamos preguntarnos qué condiciones han marcado sus vidas y qué recursos podemos construir para acompañarlas.
Porque la salud mental no tiene una edad correcta para ser atendida.
Y una sociedad que verdaderamente cuida no debería esperar a que una generación aprenda a pedir ayuda para comenzar a escucharla.
Tal vez no somos generaciones que sienten de manera completamente diferente. Tal vez somos generaciones que aprendieron distintas formas de sobrevivir, de guardar silencio y de pedir ayuda.
Y si algo debería unirnos, es comprender que ninguna persona tendría que atravesar su sufrimiento completamente sola.
La salud mental no pertenece a una generación. Nos pertenece a todos.
Referencias Bibliográficas
Centro de Psicología Althea. (2024–2026). Base interna de solicitudes de atención psicológica: Análisis descriptivo de registros administrativos anonimizados [Base de datos institucional no publicada].
Ministerio de Salud de El Salvador & Instituto Nacional de Salud. (2022). Encuesta Nacional de Salud Mental de El Salvador 2022. https://www.unicef.org/elsalvador/informes/encuesta-nacional-de-salud-mental-2022
Organización Mundial de la Salud. (s. f.-a). Mental disorders. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/mental-disorders
Organización Mundial de la Salud. (s. f.-b). Mental health of adolescents. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health
Organización Mundial de la Salud. (s. f.-c). Mental health of older adults. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/mental-health-of-older-adults
Sapien Labs. (2025). Mental state of the world 2024. https://mentalstateoftheworld.report/wp-content/uploads/2025/02/Mental-State-of-the-World-2024-Online-Feb-26.pdf


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