Maternar también es humano: una mirada honesta a lo que no siempre se dice
- Raquel Suazo
- hace 4 días
- 4 Min. de lectura
Hay algo que pocas veces se nombra cuando hablamos de maternidad.
Se habla del amor, de la entrega, de la conexión casi mágica que debería aparecer en el momento en que una mujer se convierte en madre. Se habla de ese vínculo como algo inmediato, natural, casi inevitable. Y aunque muchas veces ese amor existe —y puede ser profundamente transformador—, también hay otras experiencias que quedan en silencio.
En el Centro de Psicología Althea hemos escuchado muchas historias. Historias que no siempre coinciden con lo que “debería sentirse”. Historias donde el amor convive con el cansancio, donde la ternura aparece junto a la duda, donde hay días luminosos… y otros que pesan más de lo que se puede explicar.
Porque maternar, en realidad, no es una experiencia única. Es un proceso.
Y como todo proceso humano, está lleno de matices.
Hay mujeres que, al inicio, no sienten ese amor inmediato del que todos hablan. Y eso puede generar una sensación profunda de culpa: “¿Qué me pasa? ¿Por qué no siento lo que debería?” Pero desde la experiencia clínica sabemos que el vínculo no siempre aparece de forma instantánea. A veces se construye. A veces necesita tiempo, contacto, historia compartida. A veces nace en lo cotidiano: en una mirada, en una rutina, en un gesto pequeño que se repite.
Y eso también es válido.
También está la soledad. Esa que no siempre se ve desde afuera. Porque se puede estar acompañada y, aun así, sentirse sola. Sola en las decisiones, en el cansancio, en la carga mental constante que implica cuidar, anticipar, sostener. Muchas madres describen esta sensación como estar “siempre disponibles” sin tener un lugar propio donde descansar
emocionalmente.
No es debilidad sentirlo así. Es una respuesta humana ante una responsabilidad profundamente demandante.
En medio de todo esto, aparece otra exigencia silenciosa: la idea de que una buena madre puede con todo. Que no se quiebra, que no duda, que no necesita ayuda. Una narrativa que, sin decirlo directamente, instala la idea de que el valor está en resistir sin pausa.
Pero sostener esa expectativa tiene un costo.
Desde la práctica clínica, especialmente desde enfoques como la Psicología clínica y la Terapia cognitivo conductual, comprendemos que estas creencias pueden generar altos niveles de ansiedad, autoexigencia y una culpa persistente que desgasta silenciosamente.
Porque cuando una mujer siente que no alcanza ese ideal, no solo se cansa: también puede empezar a cuestionarse a sí misma.
Y ahí es donde se vuelve necesario detenernos.
No para hacerlo todo perfecto. Sino para recordar algo esencial: no tienes que poder con todo para ser suficiente.
En ese mismo camino, aparece otro tema que suele ser malinterpretado: el autocuidado.
Muchas madres sienten que tomarse un espacio propio es un acto egoísta, como si al hacerlo estuvieran fallando en su rol. Pero lo que vemos en consulta es todo lo contrario.
Cuando una madre logra tener pequeños momentos para sí misma —aunque sean breves—, su sistema emocional se regula, su capacidad de respuesta cambia y su vínculo con sus hijos también se transforma. No porque ahora “haga más”, sino porque puede estar desde un lugar más presente y menos desbordado.
A veces no se trata de grandes cambios. A veces se trata de micro pausas: respirar un momento, salir de una situación que sobrecarga, reconocer lo que se está sintiendo sin juzgarse. Pequeños gestos que, aunque parecen simples, tienen un impacto profundo en la experiencia emocional.
Porque maternar también implica aprender a sostenerse.
Y sostenerse no siempre es algo que se haya aprendido antes.
Muchas veces, la maternidad activa historias propias: la forma en que fuimos cuidadas, las exigencias que recibimos, las emociones que no tuvieron espacio.
Por eso, prepararse emocionalmente —incluso antes de ser madre— puede ser una herramienta poderosa. No para evitar las dificultades, sino para tener más recursos al momento de transitarlas.
Preguntas como:
¿qué tipo de madre quiero ser?,
¿qué necesito para sentirme acompañada?,
¿qué partes de mi historia influyen en cómo materno hoy?,
abren un espacio de conciencia que transforma la experiencia.
Y en medio de todo esto, hay algo que merece ser recordado con delicadeza:
Ser mamá no es todo lo que eres.
La maternidad es una parte importante, sí. Pero no es la totalidad de tu identidad. Sigues siendo persona, con historia, deseos, necesidades, límites y sueños propios. Reconectar con eso no te aleja de tu rol. Te devuelve a ti. Y desde ahí, también se construyen vínculos más libres, más humanos, más reales.
Tal vez, al final, de eso se trata este mes en Althea.
De dejar de hablar de maternidades ideales…y empezar a nombrar las maternidades reales.
Las que aman profundamente, pero también se cansan.
Las que sostienen, pero también necesitan ser sostenidas.
Las que están intentando hacerlo lo mejor que pueden, incluso en medio de la duda.
Si algo de esto resuena contigo, queremos que sepas algo:
No estás sola.
Y no tienes que atravesar este proceso desde el silencio.
Porque maternar también es humano.
Y dentro de lo humano, siempre hay espacio para acompañar.

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